Hotel Don Carlos

San Fermín

 

El Encierro

Faltan unos minutos para que den las 8 de la mañana. En la Cuesta de Santo Domingo, periódico enrollado en mano, los mozos miran la imagen del santo moreno. Le cantan tres veces “A San Fermín, pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición”. Unos segundos después del último cántico, suena el cohete y se abren las puertas del corralillo. Navarra contiene la respiración. Los toros salen, con fuerza y poderío, a un recorrido vallado de 848 metros: Plaza Consistorial, Mercaderes, Estafeta. Son toros que oscilan en torno a la media tonelada, cuernos afilados y potencia en su señorial figura. Otro cohete avisa cuando todos abandonan el corral.

Rodeados por corredores, los animales avanzan. Algunos resbalan, otros dan cabezazos hacia las aceras. Los mozos corren, saltan a compañeros o toros caídos; si un toro se vuelve, se desviven por hacerle tomar el rumbo correcto. Si todo va bien, en tres minutos llegan a la plaza y suena un cohete cuando el último toro está ya en ella. Los llevan a los toriles. Estalla el cohete final y Navarra entera vuelve a respirar.
Son miles los navarros, amantes del encierro, que acudan a verlo in situ o que, estén donde estén, se levantan para verlo por la televisión. Siguen con pasión un emocionante encierro que responde a una costumbre medieval, cuando los ganaderos traían por los montes a los toros para las corridas. Al amanecer del día de la corrida, con la ayuda de los pastores, mansos y cabestros, llevaban a los toros por las calles hasta la Plaza que hacía las veces de coso taurino. Ya en el siglo XIX, los pamplonicas comenzaron a correr delante de las reses, creando un rito que se mantiene hasta nuestros días.
Los buenos corredores acuden descansados, entrenan, saben qué hacer. El peligro mayor no es el toro, sino los muchos incautos que pretenden correr bajo los efectos del alcohol. Muchos no han visto un toro en su vida. A lo largo de la historia, son trece ya los muertos en el encierro y más de 200 los heridos por asta de toro. Así que cuidado, y si uno no es experto corredor, mejor detrás de la valla o por televisión.

La procesión

7 de julio, a las 10:00 horas, la imagen del Santo recorre en procesión las calles del Casco Antiguo de la ciudad, para recibir el homenaje de miles de pamploneses vestidos de blanco inmaculado. Comienza en el ayuntamiento y finaliza en la catedral portando la imagen de San Fermín, en el recorrido, en el que se vitorea y se cantan jotas al Santo, le acompaña la Corporación vestida de gala, gigantes, txistularis, gaiteros, clarineros, timbaleros, maceros, libreas, escoltas, representantes de las peñas, de los gremios históricos y de la Hermandad de la Pasión del Señor.


Las dianas

Las dianas son sones musicales interpretados por Bandas de gaiteros y por La Pamplonesa -banda municipal de Pamplona-, cuyo fin principal es despertar a la población y anunciar que comienza un nuevo día de fiesta. Se concentran en la Plaza del Ayuntamiento y en la Plaza de Toros para luego recorrer todo el casco viejo de la ciudad.

Los gigantes y cabezudos

La Comparsa de Gigantes y Cabezudos es uno de los espectáculos más populares y concurridos de los Sanfermines. Se trata de un desfile de 25 figuras de cartón piedra, constituida por Gigantes, Cabezudos, Kilikis y Zaldikos. Los acompañan frecuentemente a la Pamplonesa y al cortejo municipal en los actos oficiales, como en la Procesión en la que preceden a la comitiva. Los ocho Gigantes, de cerca de cuatro metros, representan a cuatro de los cinco continentes, África, Asia, América y Europa. Con siglo y medio de existencia son tan emblemáticos como los encierros, aunque para muchos siguen siendo los grandes desconocidos. Representando al cortejo de ediles, los Kilikis asustan y sorprenden a los niños con sus cariñosos golpes. Caravinagre, Napoleón, Verdugón, Barbas, Patata y Cohete, son los seis Kilikis, que portan sombreros de tres picos y vergas de espuma. Existen además unos hombres vestidos con vivos colores dentro de unos caballos de cartón, que llevan estampados en su parte trasera el escudo de Pamplona a modo de divisa. Son los seis simpáticos y algo vagos Zaldikos, que representan a los servidores de los reyes y que también portan vergas de espuma. Desfile de caballos en plaza, mulillas y banda de música hasta la plaza de toros.

Desde la calle del Mercado y camino de la Plaza de Toros, desfilan por la calle Mercaderes y Chapitela hasta llegar a la Plaza del Castillo, para continuar por Espoz y Mina. Abren la marcha los caballeros -de negro y capa-, seguidos de los dos grupos de tres mulillas de colorines y cascabeles, con sus mulilleros, y de la banda de música La Pamplonesa. Cerrando el desfile y al son de charangas aparecen las Peñas, que surtidos de opípara y copiosa merienda, inician la fiesta que se traslada a las gradas de Sol de la Plaza de Toros.

Corrida de toros

La Plaza de Toros de Pamplona es la segunda más grande de España por aforo, superada sólo por la de Las Ventas de Madrid. En Sol, poblada en gran parte por las Peñas, campa la anarquía y el caos, y la lidia puede pasar desapercibida ante la fiesta que se crea. Mientras tanto, es en Sombra donde se disfruta de la corrida. Este contraste entre el Sol y la Sombra de la Plaza, hace únicas las corridas de toros de Pamplona. Las peñas se diferencian entre ellas por sus blusas, su himno, etc. Bajo una pancarta y acompañadas de sus charangas, desfilan al inicio y final de la corrida, animando las fiestas. A mitad de corrida la tradición es merendar compartiendo lo que cada uno a llevada a la corrida de toros.

Fuente: hotelespamplona.com

Fotografía: viajar24h.com, turismo.navarra.es